¿De qué trata la novela «Cumbres Borrascosas», de Emily Brontë?  

Es una novela escrita por la autora británica Emily Jane Brontë, fue publicada por primera vez en el siglo XIX específicamente en el año 1847. Además, fue editada años más tarde por su hermana también escritora Charlotte Brontë.

Esta novela es considerada un clásico de la literatura inglesa en aquella época, aunque también catalogada como una novela salvaje por los críticos. Sin embargo, con el tiempo fue reconocida como una expresión romántica y una de las mejores obras de Emily Brontë.

Reseña de «Cumbres Borrascosas».

En cumbres Borrascosas, Emily Brontë relata una historia de amor tóxico, venganza, y pasión, entre Heathcliff y Catalina. Además detalla a la perfección cada lugar, personajes y todo lo que sucede entre ellos.

Por algo Virginia Woolf dijo:

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“Con un par de pinceladas Emily Brontë podía conseguir retratar el espíritu de una cara de modo que no precisara cuerpo; al hablar del páramo conseguía hacer que el viento soplara y el trueno rugiera.”

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Ahora bien, para adentrarnos en la historia comenzaré con Heathcliff, un viejo solitario que vive en una casa colonial que se le llamaba «Cumbres Borrascosas», una casa antigua y grande. Cumbres borrascosas tenía  un nombre en la entrada: “Earnshaw, 15OO”, con esto da a entender que es propiedad de una familia antigua, de una clase social alta.

El viejo Heathcliff también es dueño de la Granja de los Trodos, que en un principio era propiedad de los Linton. En el desenlace de la historia encuentras cómo es que llegan a ser propiedad de Heathcliff tanto la antigua casa Cumbres borrascosas, como la Granja de los Trodos.

La historia es relatada en primera persona por el Sr. Lockwood, quien está muy interesado en alquilar la Granja de los Trodos, por lo que decide visitar al Sr. Heathcliff.

“—¿El señor Heathcliff? Él asintió con la cabeza.

—Soy Lockwood, su nuevo inquilino. Le visito para decirle que supongo que mi insistencia en alquilar la «Granja de los Tordos» no le habrá causado molestia.

—Puesto que la casa es mía —respondió apartándose de mí— no hubiese consentido que nadie me molestase sobre ella, si así se me antojaba. Pase.

Rezongó aquel «pase» entre dientes, con aire tal como si quisiera mandarme al diablo. Ni tocó siquiera la puerta en confirmación de lo que decía. Esto bastó para que yo resolviese entrar, interesado por aquel sujeto, al parecer más reservado que yo mismo…”

El Sr. Lockwood relata con detalles la casa “cumbres borrascosas y todo lo que había en su interior. En mi criterio, y conforme a lo descrito, Lockwood estaba buscando amigos, alguien con quien conversar, y más tarde conocer el pasado intrigante del lugar donde residía.

 “No tema una nueva intrusión de mi parte. La muestra de hoy me ha quitado las ganas de buscar amigos, ni en el campo ni en la ciudad. Un hombre sensato debe tener bastante compañía consigo mismo.”

Por esta razón, -aunque su primera visita no fue del agrado de nadie- al siguiente día, a pesar de una fuerte tempestad que había, fue nuevamente a cumbres borrascosas a conversar con su casero.

A raíz de la tempestad el Sr. Lockwood debe quedarse a cenar y dormir en cumbres borrascosas, donde conoce a la hermosa nuera del viejo Heathcliff, a José el criado, a Zillah la ama de llaves y la única persona amable en esa casa; y a Hareton Earnshaw, un joven muy extraño y andrajoso que lo odió desde el primer momento.

Aquellas personas eran muy extrañas, parecían no estar contentos ni cómodos con la visita de Lockwood, y aunque lo invitaron a cenar, estando en la mesa el ambiente estaba tenso.

“Me pareció que, puesto que yo era el responsable de aquel nublado, debía ser también quien lo disipase. Aquella taciturnidad que mostraban no debía ser su modo habitual de comportarse. Por lo tanto, comenté:

—Es curioso el considerar qué ideas tan equivocadas solemos formar a veces sobre el prójimo. Mucha gente no podría imaginar que fuese feliz una persona que llevara una vida tan apartada del mundo como la suya, señor

Heathcliff. Y, sin embargo, usted es dichoso, rodeado de su familia, con su amable esposa, que, como un ángel tutelar, reina en su casa y en su corazón…

—¿Mi amable esposa? —interrumpió con diabólica sonrisa—. ¿Y dónde está mi amable esposa, señor?

—Hablo de la señora de Heathcliff ——contesté, molesto.

—¡Ah, ya! Quiere usted decir que su espíritu, después de desaparecido su cuerpo, se ha convertido en mi ángel de la guarda, y custodia «Cumbres Borrascosas». ¿No es eso?

Me di cuenta de la necedad que había dicho y quise rectificarla. Debía haberme dado cuenta de la mucha edad que llevaba a la mujer, antes de suponer como cosa segura que fuera su esposa. Él contaba alrededor de cuarenta años, y en esa edad en que el vigor mental se mantiene incólume, no se supone nunca que las muchachas se casen con nosotros por amor.

Semejante ilusión está reservada a la ancianidad. En cuanto a la joven, no representaba arriba de diecisiete años.

De pronto, como un relámpago, surgió en mí esta idea: «El grosero personaje que se sienta a mi lado, bebiendo el té en un tazón y comiendo el pan con sus sucias manos, es tal vez su marido. Éstas son las consecuencias de vivir lejos del mundo: ella ha debido casarse con este patán creyendo que no hay otros que valgan más que él. Es lamentable. Y yo debo procurar que, por culpa mía, no vaya a arrepentirse de su elección.»

Una ocurrencia tal podrá parecer vanidosa, pero era sincera. Mi vecino de mesa presentaba un aspecto casi repulsivo, mientras que me constaba por experiencia que yo era pasablemente agradable.

—Esta joven es mi nuera —dijo Heathcliff, en confirmación de mis suposiciones. Y, al decirlo, la miro con expresión de odio.

—Entonces, el feliz dueño de la hermosa hada, es usted —comenté, volviéndome hacia mi vecino.

Con esto mis palabras acabaron de poner las cosas mal. El joven apretó los puños, con evidente intención de atacarme. Pero se contuvo, y desahogó su ira en una brutal maldición que me concernía, pero de la que tuve a bien no darme por aludido.

—Anda usted muy desacertado —dijo Heathcliff—. Ninguno de los dos tenemos la suerte de ser dueños de la buena hada a quien usted se refiere. Su esposo ha muerto. Y, puesto que he dicho que era mi nuera, debe ser que estaba casada con mi hijo.

—De modo que este joven, es…

—Mi hijo, desde luego, no.

Y Heathcliff sonrió, como si fuera un disparate atribuirle la paternidad de aquel oso.

—Mi nombre es Hareton Earnshaw —gruñó el otro y le aconsejo que lo pronuncie con el máximo respeto.

—Creo haberlo respetado —respondí, mientras me reía íntimamente de la dignidad con que había hecho su presentación aquel extraño sujeto.”

En vista de la fuerte tormenta y después de varios acontecimientos perturbadores, el ama de llaves Zillah acompañó al Sr. Lockwood a una habitación a la que mejor le hubiese sido no haber entrado.

El Sr. Lockwood, entró y observó que en varios lugares de la recamara estaba escrito un nombre: “Catalina Earnshaw”, Lockwood se acostó y comenzó a tener pesadillas:

“Volví a dormirme, y soñé cosas todavía más odiosas.

Recordé que descansaba en una caja de madera y que el viento y las ramas de un árbol golpeaban la ventana. Tanto me molestaba el ruido, que, en sueños, me levanté y traté de abrir el postigo. No lo conseguí, porque la falleba estaba soldada, y entonces rompí el cristal de un puñetazo y saqué la mano para separar la molesta rama. Más, en lugar de ella, sentí el contacto de una manecita helada.

 Me poseyó un intenso terror, y quise retirar el brazo, pero la manecita me aferraba mientras una voz insistía: —¡Déjame entrar, déjame entrar!

—¿Quién eres? —pregunté pugnando por soltarme.

—Catalina Linton —contestó, temblorosa—. Me había perdido en los pantanos y vuelvo ahora a casa.

 Sin saber por qué, me acordaba del apellido Linton, a pesar de que había leído veinte veces más el apellido Earnshaw.

 Miré, y divisé el rostro de una niña a través de la ventana. El horror me hizo obrar cruelmente, y al no lograr desasirme de la niña, apreté los puños contra el corte del cristal hasta que la sangre brotó y empapó las sábanas.

Pero ella seguía gimiendo: «¡Déjame entrar!», y me oprimía la mano. Mi espanto llegaba al colmo.

—¿Cómo voy a dejarte entrar —dije, por fin— si no me sueltas la mano?

 El fantasma aflojó su presión. Metí precipitadamente la mano por el hueco del vidrio roto, amontoné contra él una pila de libros, y me tapé los oídos para no escuchar la dolorosa súplica.

 Pasé así unos quince minutos, pero en cuanto volvía a atender, percibía idéntica súplica.

—¡Vete! —exclamé—. ¡No te abriré aunque me lo estés pidiendo veinte años seguidos!

—Veinte años han pasado —murmuró—. Veinte años han pasado desde que me perdí. Y empujó levemente desde fuera.

 El montón de libros vacilaba. Intenté moverme, pero mis músculos estaban como paralizados, y, en el colmo del horror, lancé un grito.

 Aquel grito no había sido soñado. Con gran turbación, sentí que unos pasos se acercaban a la puerta de la alcoba. Alguien la abrió, y por las aberturas del lecho percibí luz. Me senté en la cama, sudoroso, estremecido aún de miedo.

 El que había entrado murmuró algunas palabras como si hablase solo, y luego dijo en el tono de quien no espera recibir contestación: —¿Hay alguien ahí ? Reconocí la voz de Heathcliff, y comprendiendo que era necesario revelarle mi presencia, ya que, si no, buscaría y acabaría encontrándome, descorrí las tablas del lecho.

 Tardaré mucho en poder olvidar el efecto que mi acción produjo en él. Heathcliff se paró en la puerta. Llevaba la ropa de dormir, sostenía una vela en la mano y su cara estaba blanca como la pared. El ruido de las tablas al descorrerse le causó el efecto de una corriente eléctrica. La vela se deslizó de entre sus dedos, y su excitación era tal, que le costó mucho trabajo recogerla.

 —Soy Lockwood —dije, para evitar que continuase demostrándome su miedo—. He gritado sin darme cuenta mientras soñaba. Lamento haberle molestado.

 —¡Dios le confunda, señor Lockwood! ¡Váyase al… ———empezó él—. ¿Quién le ha traído a esta habitación? —continuó, hundiendo las uñas en las palmas de las manos y rechinando los dientes en su esfuerzo para dominar la excitación que le poseía—. ¿Quién le trajo aquí? Dígamelo para echarle de casa inmediatamente.

 —Su criada Zillah —contesté abandonando la cama y recogiendo mis ropas—. Haga con ella lo que le parezca, porque lo tiene merecido. Se me figura que quiso probar a expensas mías si este sitio en efecto está embrujado. Y le aseguro que, en realidad, está bien poblado de trasgos y duendes. Hace usted bien en tenerlo cerrado. Nadie le agradecerá a usted el dormir en esta habitación.”

Era una casa con una historia detrás muy extraña, llena de misterios y algo de terror; sin embargo, el Sr. Lockwood, cuenta los detalles con cierto humor que hacen que la novela sea muy enganchadora.

Por la mañana, el viejo  Heathcliff acompañó al Sr. Lockwood hasta la granja, donde Elena Dean, el ama de llaves de la Granja de los Trodos, le recibió junto a sus perros, preocupada por su paradero la noche anterior.

Al Sr. Lockwood le intrigaba mucho el pasado de aquellas extrañas personas, el pasado de aquella granja donde vivía y el de cumbres borrascosas.

“El ser humano es tornadizo como una veleta. Yo, que había resuelto mantenerme al margen de toda sociedad humana y que agradecía a mi buena estrella el haber venido a parar a un sitio donde mis propósitos podían realizarse plenamente; yo, desdichado de mí, me vi obligado a arriar bandera después de aburrirme mortalmente durante toda la tarde, y, pretextando interés por conocer detalles relativos a mi alojamiento, pedí a la señora Dean, cuando me trajo la cena, que se sentase un momento con el propósito de entablar con ella una plática que me animase o me acabara de aburrir.

—Usted vive aquí hace mucho tiempo —empecé—. Me dijo que dieciséis años, ¿no?

—Dieciocho, señor. Vine al servicio de la señora, cuando se casó. Al faltar la señora, el señor me dejó de ama de llaves.

—¡Ah!

Hubo una pausa. Pensé que le gustaban los comadreos.

Pero, al cabo de algunos instantes, exclamó poniendo las manos sobre las rodillas, mientras una expresión meditativa se pintaba en su rostro:

—Los tiempos han cambiado mucho desde entonces. —Claro —dije—.

Habrá asistido usted a muchas modificaciones…

—Y a muchas tristezas.

«Procuraremos que la conversación recaiga sobre la familia de mi casero

—pensé—. ¡Debe ser un tema entretenido! Me gustaría saber la historia de aquella bonita viuda, averiguar si es del país o no, lo cual me parece lo más probable, ya que aquel grosero indígena no la reconoce como de su raza.»

Y con esta intención, pregunté a la señora Dean si conocía los motivos por los cuales Heathcliff alquilaba la «Granja de los Tordos», reservándose una residencia mucho peor.

—¿Acaso no es bastante rico? —Interrogué.

—¡Rico! Nadie sabe cuánto capital posee, y, además, lo aumenta de año en año. Es lo bastante rico para vivir en una casa aún mejor que ésta, pero es… muy ahorrativo… En cuanto ha oído hablar de un buen inquilino para la

«Granja», no ha querido desaprovechar la ocasión de hacerse con unos cuantos de cientos de libras más. No comprendo que se sea tan codicioso cuando se está solo en la vida.

—¿No tuvo un hijo?

—Sí, pero murió.

—Y la señora Heathcliff, aquella muchacha, ¿es la viuda?

—Sí.

—¿De dónde es?

—¡Es la hija de mi difunto amo … ! De soltera se llamaba Catalina Linton.

Yo la crié. Me hubiera gustado que el señor Heathcliff viniera a vivir aquí, para estar juntas otra vez.

—¿Catalina Linton? —exclamé asombrado. Luego, al reflexionar, comprendí que no podía ser la Catalina Linton de la habitación en que dormí—. ¿Así que el antiguo habitante de esta casa se llamaba Linton?

—Sí, señor.

—¿Y quién es ese Hareton Eamshaw que vive con Heathcliff? ¿Son parientes?

—Hareton es sobrino de la difunta Catalina Linton.

—¿Primo de la joven, entonces?.

—Sí. El marido de ella era también primo suyo. Uno por parte de madre, otro por parte de padre. Heathcliff estuvo casado con la hermana del señor Linton.

—En la puerta principal de «Cumbres Borrascosas» he visto una inscripción que dice: «Earnshaw, 15OO». Así que supongo que se trata de

una familia antigua…

—Muy antigua, señor. Hareton es su último descendiente, y Catalina la última de nosotros… quiero decir, de los Linton… ¿Ha estado usted en

«Cumbres Borrascosas»? Perdone la curiosidad, pero quisiera saber cómo ha encontrado a la señora.

—La señora Heathcliff me pareció muy bonita, pero creo sinceramente que no vive muy contenta.

—¡Oh, Dios mío, no es de extrañar! Y ¿qué opina usted del amo?

—Me parece un tipo bastante áspero, señora Dean.

—Es áspero como el filo de una sierra, y duro como el pedernal.

—Debe haber tenido una vida muy accidentada para haberse vuelto de ese modo… ¿Sabe usted su historia?

—La conozco toda, excepto quienes fueran sus padres y dónde ganó su primer dinero. A Hareton le han dejado sin nada… El pobre chico es el único de la parroquia que ignora la estafa que ha sufrido.

—Vaya, señora Dean, pues haría usted una buena obra si me contara algo sobre esos vecinos. Si me acuesto, no podré dormir. Así siéntese usted y charlaremos una hora…”

Así es como el ama de llaves, Elena Dean, le cuenta a Lockwood todo el pasado de aquellas propiedades y cómo es que el viejo Heathcliff se vuelve una persona tan amargada, y toda la historia de amor enfermizo detrás de Cumbres Borrascosas; pero si les sigo contando, esto no sería reseña, sino un spoiler.

“Pero mi amor por Heathcliff es como las rocas eternas que hay debajo, un manantial de escaso deleite para la vista, pero necesario.

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Finalmente, es una fascinante historia con un desenlace abrumador, que te recomiendo tener en tu biblioteca.

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